Recogerse en la Vida y dejar de ser protagonista

 

Y se ha ido convirtiendo, la presencia del ser en relación con su entorno, en un dominio de razones, conocimientos, percepciones… y verdades personales. 

Lejos van quedando aquellas estelas de interpretación de los sueños, evaluación de las nubes, los posos de café o los de té, la fantasía de la ilusión...; en realidad, el halo misterioso, amoroso y transcendente.

Desarrollado el ser en sus capacidades y en sus logros, va dejando progresivamente de ver la mano de la Providencia, la presencia del Misterio. 

Y cuando más falta hace –por tensiones, conflictos, dificultades-, más aparece la arrogancia de la verdad personal, la razón, la explicación... y más se establece el combate, que llega hasta a insultos...; con lo cual, se empiezan a tipificar actitudes de unos y otros, y difícil es encontrar una relación en la que la intimidad amorosa predomine y cuantifique las vivencias. 

Que nos demos cuenta de que somos un Ama-necer, que estamos en presencia de un Universo y en él residimos, y que las verdades que hoy nos atenazan... pueden ser falsas mañana, y pasado pueden volver a ser ciertas.

El dominio que el ser pretende establecer sobre sí mismo y sobre los demás, aunque pudiera catalogarse como “exitoso”, a medio plazo, a cuarto plazo y al final del plazo se hace autoagresivo, se hace doloroso, se hace fracaso. 

Además de la ego-idolatría personal de nuestras razones, explicaciones y demás posicionamientos, nuestro entorno nos “ayuda” –ayuda con comillas- para que la neurotización de lo cotidiano sea más espesa, más densa: “Si a mí me fue así, por qué a ti te va a ir asao. No, pues que te vaya también así”. 

Y da igual que consultemos el mejor diario, la mejor agencia de noticias o las mejores intencionadas opiniones.

Si nos fijamos, la mayoría de las veces ese entorno es hostil, nos lleva a la desconfianza, al desquicio, a la duda... Porque el entorno se ha hecho desquiciante, dudoso, y ha dejado de aspirar a la transparencia, a la confianza. 

Y es fácil entrar en una opinión ajena. Muy fácil. Porque además supone –para lo ajeno- un triunfo. 

Como las sectas o los políticos o las agrupaciones que buscan adeptos.

Es, sin duda –y aparentemente vamos a dar un salto-, biológicamente, la especie humana, un acontecimiento absolutamente perturbador de la Especie Vida. 

Nos tenemos que preguntar, en esa revisión, en esa evaluación, por nuestra participación en nuestro neurotizante proceso; que, como ya decía la canción: “ansiedad, angustia y desesperación”, tres factores que vibran ahí, llevando ese mensaje de incapacidad, destrucción… sin salida.

Si por un momento –por un momento, ¿eh?, porque es absolutamente imposible, pero nos puede servir de referencia-; si, por un momento, la Creación hubiera tenido –por aquello de “la imagen y semejanza” que se dice que somos-... hubiera tenido por algún momento una preferencia por éste, aquél o el otro, ¿existiría la especie? ¿O ya se habría disuelto hace mucho tiempo? 

La condescendencia, la paciencia, la perseverancia, la fe, la confianza, la promesa de lo Eterno, todo ello está gravitando sobre nosotros, y parece que se ignora; bueno, más que “parece”, se ignora. Y cada cual coge su modelo, el impuesto, el establecido, casi siempre, con algunas pequeñas variables. Porque es el modelo que permite un control y un dominio de la situación. Ahí está su éxito. Aunque sea un control de llanto, un dominio de rabia, un manejo de tristeza… ¡da igual!, el caso es que lo controlo, es mío.

El hormiguero se organiza sin fracturas. La colmena se establece con dulzura. Las nubes transcurren con cordura. El amanecer se hace puntual, y las estrellas, infalibles.

Y simultáneamente, el ser hace de sus afectos, dramas; de sus razones, imposiciones; de sus lógicas, drásticas decisiones. 

Y deambula con… ¡nada! Sin saber que la Nada le está gestando y dando todo lo que precisa. Y recordando: tenemos todo. ¿Y somos incapaces de elegir lo adecuado...? Pero capaces de elegir lo destructor, perturbador, incómodo, reactivo, confuso…

Nos enseñaron… ¡Bueno, “nos enseñaron”! ¡Sí! Digamos que nos enseñaron que, una semilla bien plantada en un surco previamente establecido, y con un riego de nubes o de pucheros, iba a dar cosecha. ¡Cierto! Cierto, pero habría que preguntarse: “¿Y qué, qué se hizo con las semillas?”.

.- ¡Ah! ¡Te las comiste!... para ser más fuerte, para ser más capaz. Y ahora que te ves en la dificultad, te quejas por la falta de recursos, medios… Pero ¿hiciste el labrado adecuado? ¿Hiciste el cuidado de la semilla y la depositaste? ¡Ah! ¡No! ¡Te la comiste! Y ahora te quejas.

Y aparece la queja, la demanda, la rabia… como situaciones habituales.

La Llamada Orante nos insiste, sí, una vez más. Y lo hace con el mismo... no, el mismo no, el mayor entusiasmo con que lo haya podido hacer en parecidas circunstancias, ante la progresiva y deteriorante convivencia humana. 

Nos llama –puesto que nos atrevemos a acudir a la llamada- a recogernos en… ¡en la vida que es bondad!; ¡en la vida que es atracción!; ¡en la vida que es cooperación!; ¡en la vida que es sintonía!; ¡en la vida que es confianza!; ¡en la vida que es entrega!; ¡en la vida que es alegría!

Por un momento, dejar de ser protagonista, poderoso, verdadero, auténtico. Dejar de ser –por un momento- dejar de ser tan inteligente, tan sensitivo, tan… tan “ideas tan claras”. 

Disponerse, por un momento, con los sentidos abiertos, para que el aire fresco de la Providencia nos insufle ese aliento de vida que traspasa fronteras; que –como decía la canción- “que, como la primavera, no precisa jardín”.

Por un momento, el alivio que no exige, el alivio que no reclama, el alivio que se ofrece, ese que nos hace inspirar y espirar… nos inunda de serenidad.

Se hace abrigo, la Nada del Amor del Ama-necer.

Se hace consuelo, la Nada que no busca renta, que no tiene tendencia. 

Se hace confianza plena, la Nada invisible... 

Esa que nos lleva al sueño y nos trae a la vigilia. 

Esa que despierta nuestra hambre y nuestra sed. 

Esa que hace, de nuestros sentidos, sentires. 

Esa que nos emociona ante la ternura de lo que comienza, de lo que se inicia, de lo que brota.

La Gracia, se derrama sobre este lugar del Universo. 

Y como una mínima ofrenda por la consciencia de vivir, bien vale decir: “Gracias”.

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